Después de vagar por las calles en busca de fotografías en proceso y de hacer una que otra escala turística, fui a un concierto
Si... si... ya sé... todo el mundo ha ido a un concierto, no tiene nada de extraordinario. Lo que tiene de maravilloso para mí este tipo de eventos es como lleva ala catarsis a sus asistentes.
En la antigüedad los griegos iban al teatro para mezclarse entre la masa y descargar las tensiones en el anonimato de la multitud. Más recientemente tenemos el ejemplo de los hooligans que causaron temor tras su arrase en el mundial, refugiándose siempre en la turba de holandeses.
En un concierto, pasa algo similar. Tenemos una muchedumbre ansiosa, encerrada en un sitio oscuro, rodeados de humo y alcohol. Se encuentran expectantes. Podrán ver de cerca (alguno por primera vez) a aquellos artistas que los han hecho emocionarse una y otra vez.
El escenario se ilumina, y cual moscas, los asistentes se sienten atraídos hacia él. El espacio se limita. Cada uno lucha para acercarse un poco más. Los cuchicheos comienzan a elevarse a la par de la expectativa. Las luces vuelven a apagarse. Los concurrentes contienen la respiración, saben que el momento se acerca.
Cuando, por fin, envueltos en una nube de luces se escucha el primer guitarrazo, el público, cual bloque bien coordinado, comienzan a brincar y gritar, unos para demostrar el júbilo que sienten por estar ahí; otros como forma de descargar toda aquella energía acumulada en sus cuerpos. Para la mayoría la experiencia consiste en una mezcla de estos dos.

Para mí, ir a un concierto es una experiencia egocentrista. El resto del mundo desaparece y solo existimos la música y yo. Mis gritos se pierden en el espacio. Mis brincos, de emoción y desfogue, no superan a los del auditorio. Me diluyo como una cabeza más entre tantas. A quien le importa si grito, bailo, río o sudo. Sólo existe el escenario y lo que ahí sucede. Libertad absoluta brinda el anonimato.Cuando por fin salgo del lugar, no importa lo cansado que este mi cuerpo, lo aturdido de mis oídos, siempre salgo enarbolando una sonrisa. El espectáculo logró su cometido. Me liberó de las críticas, las inhibiciones y (¿por qué no?) del stress acumulado en mi desde la última descarga.
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