Llevo varios días aquí. He visto al sol, brillando alto, calentar a la gente que camina por la acera. He observado taxistas, microbuses y tantos conductores al borde de la histeria atorados en el tránsito, sudando, gritando, cerrándosele al vecino...
- ¡Cuidado! Casi le chocas aquel chevy... –
Pero no, los días soleados no me gustan, es cuando nadie se me quiere acercar...
- ¡Ay Mamacita! ¡En esa colaaa... si me formooo!
Ustedes disculpen.
Véanla, pobre, cada vez que pasa una mujer es victima de los más diversos piropos, silbidos y exclamaciones de los inmortales filósofos de banqueta que abundan en nuestra ciudad. Algo ayudan para pasar el tiempo estas escenas. Aunque no quiera no puedo evitar reírme de la cara de enojo y alarma de las pobres victimas desprevenidas.
Cada día veo desfilar centenares de personas a mi lado. Pasan los elegantes ejecutivos en sus trajes de diseñador, sus celulares de alta tecnología y sus coches blindados. También las madres nerviosas por dejar a sus hijos en la escuela, preocupadas de cómo sobrevivirán otra mañana si no los dejan entrar otra vez. Muchas personas corriendo hacia sus oficinas, otras tantas corriendo por gusto, como aquellos pequeños niños que corren cerca de mí, con globos como pompas, y con la máscara del actual presidente como cara. Lanzan pelotas al aire y juegan a ver quien llega primero al próximo parabrisas...
- ¡Aguas! ¿Por qué tiran basura en la calle? ¿Qué no ves que casi me pegas? ¡MARRANO!
Ahora sí, perdón. ¿En qué estábamos?
¡Ah sí! Hablábamos de mí. Y realmente prefiero las tardes lluviosas. Las gotas cayendo una a una sobre el pavimento, los limpiadores tallándose al unísono contra los cristales, los cláxons sonando de la desesperación, toda una sinfonía de semáforo.
Nuestra bella ciudad se transforma completamente bajo el efecto de la lluvia. El periférico se convierte en una lenta serpiente culebreando en medio de las casas y edificios; charcos inundan las banquetas, los peatones con sus paraguas improvisados de cartón, o si corrieron con suerte, hechos de alguna bolsa de plástico; pero lo que más me gusta de la lluvia es que me brinda la oportunidad de esconderme y hacer travesuras. Si tienes suerte y alguien viene distraído podrás escuchar:
- ¡¿Cómo no viste el •$%&@&%$• hoyo?!
Un grito desesperado desde la soledad de tu cubículo. La tardanza de 15 segundos en el checador. La hora inhabitada entre la entrada y el cafe. Otra visita a la oficina del licenciado... una batalla descarada contra la hora nalga.
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