Como ya algunos de ustedes saben el jueves pasado fue mi onomástico, una ocasión más para estudiar diferentes aspectos de la vida de oficina. No tuve que anunciarlo mucho, recursos humanos publica una lista cada mes con los nombres de los cumpleañeros del mes. Cada vez que pasan a su lado las secretarias se detienen a ver con mirada anhelante cuando será el próximo cumpleaños, el único pretexto válido para interrumpir la rutina y compartir todos como departamento.
Ese día llego a la oficina como cualquier otro día. Pongo la cafetera y empiezo a saludar a los colegas que ya llegaron. No se hizo esperar el abrazo obligatorio: ¡Felicidades! ¿Qué tal la estas pasando?
mmmm… .Apenada… Además sólo llevo dos horas despierta y
preferiría seguir en mi cama…
Bien bien gracias, digo en voz alta, nerviosa de delatar mis pensamientos.
A las 11 de la mañana que llega nuestra directora a saludar, ni si quiera me saluda, ¡se le olvidó que era mi cumpleaños!
Al menos, una felicitación que me ahorro…
Cuando veo a su secretaria correr para recordárselo, tratando evitar un desastre diplomático. Los Godinez parecen jarritos de Guadalajara, muy frágiles, un olvido así puede causar una enemistad de por vida.
Mas o menos una hora después observo a mi jefe como “discretamente” empieza la cooperación para comprar un pastel (acabe pidiendo tacos, jajaja).
A la hora de la comida, nos reunimos todos en la sala de juntas. Comienzo a hacerme la ocupada, repartir los tacos, buscar servilletas, evitando el momento embarazoso que sabía no podría detener:
Las Mañanitas
Esta canción, escrita para felicitar a los que cumplían años, es uno de los rituales más vergonzosos de un onomástico Godínez. La tensión empieza buscando quién será el primero en cantar y guiará al resto del coro. En general hay una o dos salidas en falso antes de iniciar el cántico definitivo. Después la cara del pobre festejado (que en mi caso no era la excepción), todo rojo de vergüenza, sin tener a donde voltear. Cruzando miradas, y risas nerviosas, con sus compañeros.
Finalmente todo acaba con el “convivio”. Donde todos comen del fruto de la cooperación comunal. Estos efímeros eventos son la única actividad de “integración” con la que gozamos en la oficina. El único momento en el que privilegiadamente podemos comer en compañía de otro ser humano y platicar. No importa que los temas sean comunes… que ya nos sepamos las respuestas a todas las preguntas: ¿Cómo vas con el departamento? ¿Qué tu perro se enfermó?... y luego empieza las anécdotas de otras fiestas de cumpleaños, que sucedieron en tiempos inmemorables (antes de que yo entrara), pero que las he escuchado tantas veces que me las sé a la perfección. ¡Es más! Ya me parece conocer a los personajes que actúan en ellas….
Por fin, El reloj marca la hora de salida… me escabullo rápidamente antes de volver a ser interrogada, ahora sobre, que más haré el día de hoy….
2 comentarios:
Mi madre. Ella lo hace, ella lo provoca, ella lo disfruta...
A 2 años de su jubilación, puedo afirmar que, aunque jamás he trabajado en una oficina, conozco a la perfección el ritual. Mi mamá es la clásica señora que se encarga de hacer la cooperación, investigar que le gusta comer al festejado, y -si le cae muy bien- hasta que regalo (que en las oficinas se les suele llamar "detalle") quisiera el festejado...
En fin, buena onda por el post.
Humberto
Fuentes
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