Ser la niña nueva en una oficina no es fácil. Y más si la oficina se parece algo a la oficina donde hoy habito. Esta llena de hombres y mientras la testosterona inunda el ambiente, no puedo evitar sentirme tan segura como una gacela en la jaula de los leones. No es que sea yo la más guapa, sino más bien es la novedad lo que aumenta mi atractivo.
Los Godínez siempre están buscando iniciar algún nuevo romance en la oficina. Algo que le quite a lo aburrido a los recorridos del cubículo a la impresora, o por otra taza de café. El oficinista en su ambiente natural es como un cazador que afina la puntería entre los monitores disponiéndose a lanzar la mordida cuando la presa se distrae.
Es difícil ignorar las miradas hambrientas de los predadores. Risitas en el fondo del pasillo por el cual uno pasa, cuchicheos a las espaldas. Es imposible esconderse de los ataques. A pesar de una chamarra digna del hombre michelin, y de esconderme tras las columnas cuando me encuentro la necesidad de caminar, nunca falta quien te alcance y diga en la voz más seductora de la que son capaces, “holaaaaa…”