El “Servicio Atenea” es aquella línea de microbuses sólo para mujeres. Grandes letras rosas a un costado del camión anuncian el servicio prestado. Nunca había abordado uno de estos. Me paré en una esquina, estiré el brazo e hice la parada.
Cuando me subí comenzaron las sorpresas. Lo primero que llamó mi atención es cómo todas las pasajeras iban cómodamente sentadas. Al frente se anunciaba la capacidad máxima 62 personas paradas 28 personas sentadas, pero el autobús estaba aún muy lejos de llenarse. Pagué mi boleto y caminé al fondo.
No podía creer lo que mis ojos veían. A mi derecha una mujer estudiaba francés. Unos cuantos lugares más adelante otra jugaba con su bebé. Parecía que al entrar en el transporte hubiese llegado a una dimensión paralela, dónde el transporte público era eficiente, suficiente y los amortiguadores existían.
Aún incrédula, me senté con la mirada fija hacia delante. Poco a poco comencé a explorar este terreno desconocido. Me sorprendió cómo el retrovisor estaba adornado de coloridas flores. La música que nos envolvía eran canciones de Luis Miguel (aunque no de mi gusto, parecía que el resto de las pasajeras lo disfrutaban). Todo el ambiente parecía estar pensado para las mujeres, tal vez hasta por mujeres (¿?).
Cada parada habían hombres que deseaban entrar a este santuario femenino, los cuales eran alejados por nuestro fiel cancerbero, el chofer del autobús. Todavía molestos, por no poder perturbar esta aura de tranquilidad escuchábamos gritos de coraje “¿Y los jotos si?” “Gallinas, acá esta su gallo”… y otras tantas finuras…
Pero cuando las puertas se cerraban, regresábamos a nuestra burbuja rosada. El viaje fue largo, pero sin mayores incidentes. Cuando finalmente llegué a mi destino, solicité la parada. Prontamente el camión se detuvo. Las puertas se abrieron y el conductor se despidió de mi “Que tenga un buen día”…
Desafortunadamente cuando llegué otra vez a la tierra casi fui atropellada… había olvidado que la realidad es más hostil, cuando estamos lejos de Atenea.
Un grito desesperado desde la soledad de tu cubículo. La tardanza de 15 segundos en el checador. La hora inhabitada entre la entrada y el cafe. Otra visita a la oficina del licenciado... una batalla descarada contra la hora nalga.
23/10/08
17/10/08
Las nubes pasan
Las nubes pasan frente a mi ventana. Mi mirada se pierde junto con ellas, avanzan lejos, muy lejos. Desde aquí puedo ver a los coches gateando por la autopista, uno tras otro, siempre lentos. un andar pausado, adormecedor.
No quiero estar aquí. Mi mente ansía estar vagando en la calle, el sol pegando en mi cara, sentir el viento, escuchar otras voces. Las voces que ahora escucho se sienten huecas, lejanas. Parece que no tienen nada que decirme. Hablan de banalidades que han dejado de importar hace mucho tiempo.
¿En qué momento el sueño se tornó en pesadilla?
Parece que estoy viviendo aquello que anhelaba, pero desperté encerrada entre cuatro paredes, frente a una ventana.
Si hubiese podido echar un vistazo a mi futuro, en un pasado hubiese salido corriendo de aquí cómo de un incendio.
Mi alma es vagabunda, pero mi trasero se encuentra amarrado, aplastándose sobre una dura silla ergonómica (que más que anatómica es incómoda).
Todo por culpa del cochino dinero.
Creo que una de las principales cualidades de los Godínez es que están atados al trabajo por culpa del dinero. Siempre esa maldita necesidad capitalista de ganar dinero para irlo a gastarlo en necesidades creadas… Y aquí estamos todos jugando el juego, ganar para gastar, para necesitar más dinero e irnos a meter a la oficina una vez mas… ¿Cuándo acabará el ciclo?
Vemos que la economía se cae ante nuestras narices y seguimos todos aquí, como interfases de nuestra computadora. Aún así me gustaría ser lo suficientemente fuerte para romper la cadena y salir corriendo a la calle, al sol, a la vida… en lugar de esperar a tener el suficiente dinero para vivirla.
No quiero estar aquí. Mi mente ansía estar vagando en la calle, el sol pegando en mi cara, sentir el viento, escuchar otras voces. Las voces que ahora escucho se sienten huecas, lejanas. Parece que no tienen nada que decirme. Hablan de banalidades que han dejado de importar hace mucho tiempo.
¿En qué momento el sueño se tornó en pesadilla?
Parece que estoy viviendo aquello que anhelaba, pero desperté encerrada entre cuatro paredes, frente a una ventana.
Si hubiese podido echar un vistazo a mi futuro, en un pasado hubiese salido corriendo de aquí cómo de un incendio.
Mi alma es vagabunda, pero mi trasero se encuentra amarrado, aplastándose sobre una dura silla ergonómica (que más que anatómica es incómoda).
Todo por culpa del cochino dinero.
Creo que una de las principales cualidades de los Godínez es que están atados al trabajo por culpa del dinero. Siempre esa maldita necesidad capitalista de ganar dinero para irlo a gastarlo en necesidades creadas… Y aquí estamos todos jugando el juego, ganar para gastar, para necesitar más dinero e irnos a meter a la oficina una vez mas… ¿Cuándo acabará el ciclo?
Vemos que la economía se cae ante nuestras narices y seguimos todos aquí, como interfases de nuestra computadora. Aún así me gustaría ser lo suficientemente fuerte para romper la cadena y salir corriendo a la calle, al sol, a la vida… en lugar de esperar a tener el suficiente dinero para vivirla.
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