Un grito desesperado desde la soledad de tu cubículo. La tardanza de 15 segundos en el checador. La hora inhabitada entre la entrada y el cafe. Otra visita a la oficina del licenciado... una batalla descarada contra la hora nalga.

24/11/08

Locura

Mi mente está en blanco frente a la página limpia. Una cuartilla nueva, reluciente, que sólo espera a que yo la llene con mis letras. La hoja me mira impaciente, no dice nada, sólo aguarda a que yo empiece a teclear. Pero no puedo. Me quedo mirándola fijamente, cómo si deseara que me hablara, me indicara como comenzar. Silencio.

En mi mente solamente se escucha el eco del vacío. Parece que las ideas se encuentran escondidas, atemorizadas de salir a la superficie. A un espacio presumiblemente peligroso dónde quedan expuestas a la crítica y donde nadie será capaz de defenderlas.

Mi corazón golpea fuertemente contra mi pecho, mi respiración se agita, el sudor frío recorre mi frente, sé que debo empezar a teclear. ¡Pero no puedo! Mis dedos descansan rígidos sobre el teclado, yacen inmóviles, pareciera que hubieran muerto en el intento.

Trato de distraerme con alguna página en Internet. Desafortunadamente, gran parte de ellas se encuentran bloqueadas por el servidor de la empresa. De todas formas mi mente sigue fija en la hoja blanca. No entiendo mucho de lo que leo, sigo pensando en aquél trabajo pendiente que no puedo comenzar. Una y otra vez mi mente regresa y busca un principio. Una frase inteligente y graciosa que sirva para comenzar. Una gran apertura pero nada se me ocurre. Nada.

Otra vez me enfrento a la hoja en blanco. Envuelta en un circulo vicioso que no tiene fin. Sólo ella y yo. Me siento lista para enfrentarla una vez más. Me armo de valor, respiro profundamente, trueno mis dedos frente al monitor como gesto desafiante y cuando voy a escribir… ¡nada!

Nada, nada, nada, nada, nada, lleno la página de nadas, pienso que tal vez, tener algún texto en ella me ayudará a engañarme, a no sentir la hoja blanca una vez más. Siento que se burla de mí, de mis tácticas.

Enfurezco, pero no hay nada más que pueda hacer. Ella sigue en blanco, esta triunfando. Quiero gritarle pero, ¿de qué serviría? Es sólo una hoja en blanco. Jajajaja. Sólo es eso una página más que tengo que escribir. Conozco el formato. Siempre ha sido el mismo formato. Sólo hay que cambiar unas cuantas palabras, pero eternamente permanece igual. Sólo eso necesito recordar. Abrir un documento viejo y rellenar lo necesario…

¡Ja! He evitado la confrontación, he ganado. Ya no esta en blanco, jajaja…. Gané, gané, gan….

20/11/08

La Coperacha

Típico, hay algún evento en la oficina: no importa si el pastel de cumpleaños de Godínez, la colecta de la cruz roja, un compañero que rifa un iPod, siempre hay algo que obliga a todos los Godínez de la oficina a unir fuerzas y juntar dinero.

El Godínez es un ser avaro por naturaleza. O bueno, tal vez no sea tacaño, sino que su reducido salario le hace imposible participar con más entusiasmo en cada una de las 15 colectas semanales que hay en una oficina. Siempre existe algún voluntario, el cual va lugar por lugar con lista en mano verificando que cada uno done la cantidad solicitada para esta causa sin falta.

Pobre de aquel Godínez que no tenga cambio, o peor aún, que haya olvidado la cartera ese día, pues todos sus compañeros murmurarán a sus espaldas lo “marro” que es, cómo no quiso participar en el pastel de Susanita Godínez.

O peor aún, ¡se negó a participar para el teletón! Todos esos pobres empleados que no podrán cambiar el coche este año por su culpa… ah y claro… algunas cuantas terapias que se dejarán de dar en sus centros.

Así es que cada vez que Godínez se levanta al baño, los compañeros sentados cerca de él comienzan a murmurar. “Se dieron cuenta…”, “No quiso dar…”, “Si claro a él no le importa esta oficina…” “Seguro tampoco le da a su esposa para el súper”… JAJAJAJA (las burlas de los demás rugen).

Cuando los pasos del ausente comienzan a resonar por el pasillo todos se callan. Sólo un montón de dedos golpeando furiosamente los teclados le dan la bienvenida. El aire se siente pesado. Godínez sabe que algo esta mal pero no se atreve a preguntar. O tal vez ya lo sabe, pero por una vez ¡se cansó! Decidió dejar de ser manso y de obedecer a la manada. El precio: las miradas despectivas de los demás, un silencio sepulcral y el exilio temporal de la mesa comunal del comedor. Muy caro le salió.

Para mantener el buen ambiente en la oficina, todo Godínez debe hacer un sacrificio. En estas actividades colectivas, más le vale estar alerta y con la cartera presta a donar para sea lo que sea que le pidan. Si tiene suerte y no existe una tarifa fija de cooperación, es obligación de todo oficinistas poner atención de lo que donan los compañeros, no puede donar mucho menos, pues esto lo haría ver como un “codo”; pero tampoco debe humillar a los demás con su generosa cooperación.

De aquí se desprende una de las máximas de vida de los Godínez: “UNO DEBE PASAR DESAPERCIBIDO”. Así es, cualquier Godínez, para ser feliz en esta vida debe intentar ser promedio entre sus compañeros. Ni trabajar más, ni menos; ni más rápido, ni más lento; solo a la par. De todas formas será sometido a las mismas reglas y órdenes y cualquier intento por destacar será sometido primero por sus compañeros y en segundo lugar por su jefe.

Cualquier Godínez con iniciativa, es un Godínez peligroso. Puede ser la referencia para señalar la incompetencia ajena. Para ser un Godínez feliz hay que aprender nadar en el mar de la mediocridad… y a veces permitir ahogarse.

19/11/08

Temas de horario

Una de las tantas cosas que no comprendo del mundo laboral es porque las oficinas rigen a las personas a base de horarios y no de objetivos. Se ha comprobado que para un jefe la hora más cara es la famosa hora nalga, una de las actividades favoritas de los Godínez.

Cuando un Godínez se ve en la obligación de pasar entre 8 y 12 horas en una oficina, si tener realmente algo que hacer tiene que buscar en que ocuparse. No importa si esta navegando en la red, en el Messenger, hablando por teléfono o distrayendo a sus compañeros (los cuales pueden o no tener trabajo que hacer). El punto es permanecer en su lugar, haciendo como que trabaja para que el patrón este satisfecho lo mucho que trabajan sus empleados. Y pues como hay que hacer que la chamba alcance para todo el mes… pues hacen muy poco, día por día, con un avance apenas perceptible, para que se vea cuánto trabajo les cuesta.

Pero en el hábitat natural del Godínez existe otro tipo de seres extraños. Seres que por azares del destino han caído en este ambiente y se sienten atemorizados de contagiarse, de lo que les parece, la terrible enfermedad de la oficina. Estos seres sí trabajan, mucho y muy rápido. Están acostumbrados a sacar los pendientes cuanto antes, a si trabajar y ponen en evidencia la actitud típica del Godínez. Su rapidez los sorprende, es una eficiencia nunca antes vista. Por consiguiente muchos de ellos pasan gran cantidad del tiempo desocupados (al igual que los primero) sólo que ellos por haber terminado, no por no querer terminar.

Cuando esto sucede, y las listas para elaborar han sido palomeadas el anti-Godínez comienza a desesperarse. Golpea con las uñas constantemente en el escritorio. Va por un café, ahora por un vaso de agua, otro café, ahora al baño. Siguen desocupados…. Piden más trabajo. Su jefe no entiende… es la única persona que termina tooooodaaaas las tareas asignadas antes de tiempo. No tiene nada más que ponerle a hacer, así que se dedica a observarlo.

Ya sabe que el anti-Godínez esta desocupado. ¿En qué ocupará su tiempo libre? Si se la pasa en Messenger es un mal ejemplo para sus compañeros. Si esta en Word, seguramente esta trabajando para alguien más, lo cual es intolerable. Si va a la cafetería, pasa demasiado tiempo en la cafetería. Si quiere salir, NO DEBE DE SALIR.

En lugar de premiar la eficiencia del anti-Godínez el jefe considera que es una amenaza. El tenerlo desocupado, ¡o peor! Aprovechando su tiempo en otras cosas es inconcebible. Y si quiere salir ¡PECADO! Si todos los Godínez (todos aquellos que tienen filas y filas de pendientes) quieren salir, como se lo van a permitir a EL.

El pobre anti-Godínez regresa con la cabeza gacha a su escritorio. No puede comprender que sucede. Si el mismo Aristóteles hablaba que la justicia era dar el justo medio a cada uno. Siendo esta una justicia relativa, de acuerdo a capacidades, habilidades y personalidades.

Y entonces…
¿Por qué tratar a todos igual? ¿Por qué obligar a ceñirse a un horario a todo aquel que nada tiene que hacer en la oficina? ¿Por qué no trabajar por objetivos? ¿Por qué no recompensar a quienes cumplen? ¿Por qué coartar el espíritu activo de los anti-Godínez en pro de la pasividad oficinesca? ¿Por qué?.....

18/11/08

El tránsito

Parte esencial de la vida del Godínez es pasar medio día en el tráfico.

El Godínez, aún cuando nace en libertad es un ser cortado con un molde de galletas, específicamente diseñado para hacer todo tipo de actividades con un riguroso horario. Sin el horario el Godínez se siente perdido, desubicado, sus ojos se llenan de terror y comienzan a buscar en la oscuridad de la libertad algún destello de rutina. Una vez en cautiverio, es fácil condicionar al Godínez a responder a diferentes alarmas. La primera, temprano en la mañana para despertar. Mecánicamente los Godínez se levantan de la cama y dirigen sus pasos a la regadera. Una vez acicalados, y semi-conscientes los Godínez toman sus coches y se dirigen al trabajo.

He aquí donde la observación de esta nota comienza. Gran parte de los Godínez no sólo responden a un horario, responden al mismo itinerario. Miles de Godínez salen de su casa al mismo tiempo, cada uno en un coche (a pesar de cumplir un horario es muy raro que los Godínez compartan rutas y/o transportes) por las mismas calles de la misma ciudad para dirigirse a uno de los escasos centros Godínez de su población. Conforme el transporte comienza a confluir a las mismas avenidas toda velocidad comienza a desaparecer, hasta pronto encontrarse en un estacionamiento masivo.

El Godínez, nervioso al verse imposibilitado para cumplir su riguroso horario, comienza a adquirir actitudes extrañas, ajenas a su comportamiento habitual. Su respiración comienza a agitarse. Se acomodan compulsivamente en el asiento de su automóvil. Soplan y resoplan ruidosamente. Nada de esto logra calmar sus nervios así que empiezan a tocar el “claxon” largamente. No piensan callarse hasta avanzar…

Hay quienes para distraerse un poco de esta penosa situación leen el publimetro, gran invento pensado en la hora de entrada al trabajo de los Godínez, donde si uno tolera la publicidad puede estar informado con algún dato curioso para la hora del café.

Otros para pasar el rato recuren al pasatiempo más antiguo conocido por el Godínez: sacarse los mocos en el coche. Si uno voltea a ver al coche del lado izquierdo, las estadísticas indican que tiene el 50% de probabilidades de encontrar a un congénere enfrascado en dicha actividad.

También existe quien baila detrás del volante como si no existiese un mañana. Al parecer estos sujetos y los del grupo interior se sienten seguros en su coche, protegidos por un caparón el cual los hace invisibles y los aleja del resto de la sociedad... Y son ellos los que merecen el amable recordatorio de que ¡los coches tiene ventanas!

No falta quien se pone a “ligar” de coche a coche. Cuando uno posee la suerte de que la persona en el carro de al lado es del sexo opuesto, pocos son los oficinistas que se resisten a la tentación de guiñar un ojo, o mandar un beso, sólo para ver la reacción del vecino. Si se tiene todavía más suerte esa persona devolverá la atención comenzando así lo que pudiera ser el principio de un romance de cinco minutos, memorable (y más duradero que muchas relaciones conocidas).

Una vez reemprendido el camino, el Godínez comienza a preparar la historia del por qué llego tarde. Esto no sólo le aliviará parte del regaño con el jefe, sino que le dará una gran historia que contar al resto de los Godínez mientras se toman un café. Los escuchas, callados le envidiarán, por ellos no tener una gran aventura que contar…