Un grito desesperado desde la soledad de tu cubículo. La tardanza de 15 segundos en el checador. La hora inhabitada entre la entrada y el cafe. Otra visita a la oficina del licenciado... una batalla descarada contra la hora nalga.

18/11/08

El tránsito

Parte esencial de la vida del Godínez es pasar medio día en el tráfico.

El Godínez, aún cuando nace en libertad es un ser cortado con un molde de galletas, específicamente diseñado para hacer todo tipo de actividades con un riguroso horario. Sin el horario el Godínez se siente perdido, desubicado, sus ojos se llenan de terror y comienzan a buscar en la oscuridad de la libertad algún destello de rutina. Una vez en cautiverio, es fácil condicionar al Godínez a responder a diferentes alarmas. La primera, temprano en la mañana para despertar. Mecánicamente los Godínez se levantan de la cama y dirigen sus pasos a la regadera. Una vez acicalados, y semi-conscientes los Godínez toman sus coches y se dirigen al trabajo.

He aquí donde la observación de esta nota comienza. Gran parte de los Godínez no sólo responden a un horario, responden al mismo itinerario. Miles de Godínez salen de su casa al mismo tiempo, cada uno en un coche (a pesar de cumplir un horario es muy raro que los Godínez compartan rutas y/o transportes) por las mismas calles de la misma ciudad para dirigirse a uno de los escasos centros Godínez de su población. Conforme el transporte comienza a confluir a las mismas avenidas toda velocidad comienza a desaparecer, hasta pronto encontrarse en un estacionamiento masivo.

El Godínez, nervioso al verse imposibilitado para cumplir su riguroso horario, comienza a adquirir actitudes extrañas, ajenas a su comportamiento habitual. Su respiración comienza a agitarse. Se acomodan compulsivamente en el asiento de su automóvil. Soplan y resoplan ruidosamente. Nada de esto logra calmar sus nervios así que empiezan a tocar el “claxon” largamente. No piensan callarse hasta avanzar…

Hay quienes para distraerse un poco de esta penosa situación leen el publimetro, gran invento pensado en la hora de entrada al trabajo de los Godínez, donde si uno tolera la publicidad puede estar informado con algún dato curioso para la hora del café.

Otros para pasar el rato recuren al pasatiempo más antiguo conocido por el Godínez: sacarse los mocos en el coche. Si uno voltea a ver al coche del lado izquierdo, las estadísticas indican que tiene el 50% de probabilidades de encontrar a un congénere enfrascado en dicha actividad.

También existe quien baila detrás del volante como si no existiese un mañana. Al parecer estos sujetos y los del grupo interior se sienten seguros en su coche, protegidos por un caparón el cual los hace invisibles y los aleja del resto de la sociedad... Y son ellos los que merecen el amable recordatorio de que ¡los coches tiene ventanas!

No falta quien se pone a “ligar” de coche a coche. Cuando uno posee la suerte de que la persona en el carro de al lado es del sexo opuesto, pocos son los oficinistas que se resisten a la tentación de guiñar un ojo, o mandar un beso, sólo para ver la reacción del vecino. Si se tiene todavía más suerte esa persona devolverá la atención comenzando así lo que pudiera ser el principio de un romance de cinco minutos, memorable (y más duradero que muchas relaciones conocidas).

Una vez reemprendido el camino, el Godínez comienza a preparar la historia del por qué llego tarde. Esto no sólo le aliviará parte del regaño con el jefe, sino que le dará una gran historia que contar al resto de los Godínez mientras se toman un café. Los escuchas, callados le envidiarán, por ellos no tener una gran aventura que contar…

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