Un grito desesperado desde la soledad de tu cubículo. La tardanza de 15 segundos en el checador. La hora inhabitada entre la entrada y el cafe. Otra visita a la oficina del licenciado... una batalla descarada contra la hora nalga.

17/12/08

Un reclamo colérico

Llego hoy temprano a mi oficina. Me siento tranquila, el tránsito no estaba particularmente pesado, y hasta tengo tiempo de desayunar. Mi madre me enseñó que cualquier buen día inicia con un buen desayuno, así que trato de siempre realizar esta importante comida temprano por la mañana. Me dirijo a la cafetería, ordeno unos huevos revueltos, pan y un café. Ahora a pagar, el gran total: 25 pesos.

Ya avanzada la mañana el sueño comienza a acecharme. Necesito tomar un café antes de que mi jefe me encuentre con la cabeza apoyada contra el teclado, babeando, disfrutando de una buena siesta matutina. Me levanto de mi lugar sigilosamente y voy por un café, un expreso doble cortado, para ser exactos. Bajo a alguno de los múltiples kioscos que ofrendan café dentro de la empresa para ordenar. Me lo entregan, y ahora debo de pagar: 15 pesos.

Después recuerdo que debo de ir al banco a arreglar unos asuntos. En estos días el tiempo vuela sin que uno se de cuenta. Comienza uno a hablar por Messenger y de pronto, ¡casí es hora de salir! Por suerte no hay necesidad de salir de aquí para llegar a una sucursal. Solamente es necesario bajar unos cuantos pisos y ¡voila! Todas mis necesidades financieras cubiertas.

Por fin dan las dos de la tarde, hora de comer. Tal cómo niño que sale a recreo, todos mis compañeritos corren hacia el rimbombante de ‘comedor institucional’, que de rimbombante tiene solo el nombre. Dónde para poder comer una comida corrida medianamente decente ¡también hay que pagar! Aquí la cuenta queda saldada por 30 pesos a pagarle a nuestra misma empresa.

Uno regresa de la hora de comer otra vez a su escritorio, a trabajar. Conforme pasan los minutos un rugido aterrador comienza a escucharse. No sé de donde proviene, al poner atención me doy cuenta que el sonido está cerca, muy cerca. Me doy cuenta que son mis propias tripas las cuales reclaman por alimento. Una pequeña excursión a la maquinita de botanas más cercana es lo que necesito. Unos churritos y una coca creo podrán saciar mi hambre de aquí a la hora de la cena. Otros 15 pesos más.

Si hacemos cuentas en un día uno se puede gastar 85 pesos dentro de una empresa. ¿Y todo ese dinero a dónde va? Lo más lógico es pensar que regresa a manos de los mismos empresarios que nos están empleando. ¡85 pesos por día! Lo cual da un gran total de 1,700 pesos al mes, que le regalamos a nuestros empleadores. Esto claro sin contar que algunos tienen el descaro de instalar tiendas de souvenirs, celulares, etc. dentro de la misma empresa de las cuales ellos también obtienen una ganancia, y todo a costa de ¿qué?
DE LOS EMPLEADOS

La pregunta más grande de todas es: ¿por qué nadie se queja? O lo que es lo mismo: ¿por qué seguimos consumiéndoles en lugar de exigir algún tipo de prestación? Todos nosotros dejamos entre 8 y 10 horas dentro de la misma empresa, algunos sin siquiera gozar de las prestaciones de ley, ¿y nadie levanta la voz?

Tal vez esta solo sea una voz más de un Godínez detrás de su escritorio, pero es un Godínez enfadado con la situación, un Godínez que se ha sentido atacado, insultado, descontento…
¿Qué a caso nadie recuerda la era antes de la revolución mexicana?

Los mismos peones ahí se rebelaron contra las tiendas de raya y casi 100 años después, ¿olvidamos la lección y volvemos a dejar que abusen de nosotros?

¿Para qué sirvió toda esa sangre derramada entonces?

2/12/08

filosofía

me pregunto si tratando de evitar convertirme en un godínez me he vuelto uno.